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—No tiene frenos. —Me dijo y me la entregó.

—Fresco. —Respondí y me monté en su monareta gris. A quién le importan los frenos a los diez años de edad, y menos si sabe frenar  bajando los pies de la bici y gastando suela contra el pavimento.  Pero ese día, la velocidad estaba por jugarme una mala pasada… una muy mala y muy maloliente pasada.

Hace algunos años, mientras  estuve privado de la libertad,  (conoce esa parte de la  historia aquí) con frecuencia recibía la visita de Fabio Higuita, un gran amigo mío con el que fantaseábamos diciendo que el día que saliera iríamos a recorrer las montañas antioqueñas en bicicleta. Para no alargar la historia diré que, por gracia de Dios, el día llegó y salimos a cumplir ese sueño. Él monta hace 20 años, yo llevaba 20 años sin montar; pero estaba por comprender algo que podría ahorrarme años  de esfuerzo, no solo para practicar ciclismo sino para la vida misma.

La primera salida fue a “La Catedral” el lugar donde estaba la cárcel de Pablo Escobar, una cumbre escondida entre las montañas al sur del Valle del Aburrá. Cuando empezamos a subir Fabio me dijo que iba a ser una subida exigente, pero se quedó corto en sus palabras, a la mitad del camino yo iba con la cicla al hombro y la lengua afuera.

Lo único que impidió que me devolviera para mi casa a relajarme en un sofá viendo una serie de Netflix, fue que cada vez que yo me bajaba de la cicla, este hombre, aunque tenía estado físico suficiente para subir la cuesta sin parar, se detenía y caminaba a mi lado sin afán alguno. No estaba compitiendo conmigo, no quería demostrarme nada, no necesitaba presumir. Solo caminó y empujó también su bicicleta cuesta arriba en medio de la lluvia, el olor a tierra húmeda y el eco de nuestras propias carcajadas que  llegaba y luego se iba perdiendo entre el verde de los pinos, hasta que, horas después, llegamos a la cima. Ese día supe lo que realmente significaba la palabra mentor.

Sé que es una palabra muy de moda, por todo este auge del coaching ontológico y demás, sin embargo esto era algo que iba más allá, porque una cosa es que te motiven  a atravesar la montaña, pero otra muy diferente es que la atraviesen hombro a hombro contigo.

Yo era un casa-sola, es decir, ­—según el diccionario de la real academia de las mamás— un hombre que buscaba salir adelante sin mucha ayuda de otros. Pero, aunque no hubiera sido consciente de ello, creo que Dios siempre ha puesto a mi lado personas como Fabio Higuita, hombres y mujeres que han estado ahí para empujar la bicicleta de mis sueños. No terminaría este post si menciono a cada uno, pero es a ellos a quienes dedico esta palabras que van cargadas con toda mi gratitud. Y tú, ¿tienes un mentor?, ¿de qué te serviría tenerlo?

Supongamos que debes navegar en el río amazonas e internarte en sus selvas llenas de recovecos idénticos para encontrar una planta que puede salvar tu vida. Puedes escoger irte solo en la pequeña lancha, o permitir que un nativo que conoce perfectamente el lugar te guíe. La respuesta es obvia, ¿cierto? Escogemos un viaje con guía. Es sencillo, tener un mentor es lo mismo, solo que la planta que buscas puede ser un título profesional, una meta financiera, un ascenso, un matrimonio estable, tu propia empresa, tu paz interior, el estado físico que deseas, o sencillamente,  llegar  a la cima de una montaña donde antes quedaba una cárcel.

Con un mentor estarás beneficiándote de la experiencia que a esa persona le costó años adquirir,  y en muchas ocasiones, con solo unas palabras y consejos, podrás hacerla propia y evitarte años de esfuerzo ensayando lo que otros ya han ensayado y superado. Un mentor es una luz que se especializa en hacer brillar a otros, un mentor es un puente que conecta el potencial con el logro y en medio del camino te alienta para que, si tiras la toalla… sea en Cancún, o en San Andrés, pero nunca mientras subes la montaña.

Escuché de un mentor que recorría grandes distancias a pie con sus seguidores. A veces pasaban la noche en lugares inhóspitos, pero él, con sus palabras encendía el espíritu de sus amigos, cenaban juntos, hablaban mirándose a los ojos, él les contaba las cosas de su Padre y, como buen mentor, veía en ellos mucho más de lo que ellos mismos podían ver. Al final, no solo les enseñó el camino, él mismo se convirtió en camino para que ninguno de sus amigos se extraviara. Por algo es y será el mentor de mentores. Si claro, es Jesús de Nazaret, alguien de quien siempre podremos esperar mucho más que un empujón para nuestra bicicleta… mucho más, porque aunque nos bajemos de ella, o peor aún, aunque caigamos, el prometió nunca dejarnos solos.

El día que mi amigo me prestó su monareta sin frenos, salí disparado por una loma típica de la geografía  manizaleña, mis cálculos fallaron, me comí una curva,  volé con todo y bicicleta por encima de una cerca y aterricé en una alcantarilla rota de donde brotaban aguas negras. Literalmente me sumergí en… sí, en eso que huele tan mal.

Cuán valioso puede ser un mentor para tu vida, de hecho podría ahorrarte años, literalmente, años de esfuerzo. Si tienes la oportunidad, deja que quien ya recorrió el camino te dé una mano, te aseguro que valdrá la pena. Y además, cuántas alcantarillas destapadas podría evitarnos él, el buen mentor. Recuerda que siempre puedes contar con su consejo… y pedirle un empujón.

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