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—Te estás tomando todo demasiado en serio… relájate. —Me dijo.

Lo miré a los ojos, guardé silencio y me despedí sin darle la mano. Ni esa persona ni yo lo sabíamos, pero estaba por empezar.

Mi celular comenzó a llenarse de notificaciones y mi mente de preguntas. Recuerdo la fecha, lunes 15 de marzo, ese día comenzó el aislamiento.

Era solo la primera línea de una historia que tocaría al mundo entero… una historia llamada “Cuarentena”.

Quizá habrá héroes y villanos, capítulos de fe y temor, momentos de luz y silencios… no sé, pero quisiera escribir lo que va sucediendo en este tiempo, ¿Te gustaría leerlo?

Un día antes de que empezara

Cuando bajé por la avenida 33 comencé a comprender que la cosa era seria.

Sentí el silencio de los semáforos sin malabaristas ni vendedores de VIVE 100 y descubrí los grafitis que aparecen en las puertas cerradas de los negocios.

Percibí esa mezcla entre miradas esquivas y caminares apresurados que produce el temor.

Aceleré el carro. Me aseguré de que los vidrios estuvieran bien cerrados.

—Pareces un loco. —Me había dicho mi esposa antes de salir.

Su comentario me había obligado a ir a mirarme en el espejo. Vi a un hombre con un buzo blanco de manga larga, una gorra gris casi hasta los ojos y un tapabocas azul. Tenía que a salir a comprar comida.

Me pregunté cómo estaría la plaza de mercado. Imaginé a todo mundo con capas plásticas, máscaras y tapabocas más sofisticados que el mío… ¿Encontraría comida?

Cuando regresé con las provisiones me quité toda la ropa en la cocina, la tiré a la lavadora y me pegué un baño de aquellos. En la plaza de mercado había comida de sobra, pero casi nadie tenía ni siquiera tapabocas.

Esa noche el presidente de Colombia hizo el anuncio. Entrábamos en cuarentena. Abracé a mi hija —que no pudo contener el llanto—. Cerré los ojos y sin hablar le di gracias a Dios por poder estar ahí, a su lado.

El desafío había empezado. Era un desafío tanto para mí, en el segundo piso de un edificio de apartamentos en Medellín, como para el primer ministro del más encumbrado país europeo.

Y esa noche, por una u otra razón, y quizá también abrazando a sus hijos, — o anhelando poder abrazarlos— millones de personas también estaban cerrando los ojos y poniendo en silencio su mirada hacia allá… hacia lo alto.

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