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La cama sin tender, la sábana azul y ella en su pijama rosa. Parecía un día de vacaciones. Hasta que encendí el Televisor.

Le había preparado el desayuno; al fin y al cabo mi esposa no tendría que ir al trabajo ese día. Era el primer día de la cuarentena. Viernes 20 de marzo del 2020.

Puse las noticias y vi que el ejército italiano estaba transportando cuerpos de víctimas por centenares en sus camiones militares.

Llamé a mamá, llamé a la abuela; lo hice como si de mi llamada dependieran sus vidas; como si mis palabras pudieran  mantenerlas a salvo.

Anunciaron los primeros casos de contagiados en Medellín.

—¿Qué puedo hacer para ayudar? —Pensé.

Escuché las risas de mi hija menor en su cuarto. Revisé las redes. Me pregunté cómo hacen para sacar tanto meme. (Eso tiene su ciencia).

Recorrí los 13 pasos que hay de mi cuarto a la cocina, el sol entraba por la ventana, pensé en salir a caminar un poco. —No.  Por ahora serán solo 13 pasos— me dije.

Esa noche vi la angustia reflejada en el rostro del presidente. Me pregunté qué podría hacer yo para ayudar en algo si lo mío es acomodar letras para que encuentren la belleza al caer sobre un papel.

En ese mismo momento miles de personas se preguntaban lo mismo, y  al día siguiente, esas personas comenzarían a aparecer.

El coronavirus era atemorizante, pero él no sabía lo que los seres humanos podemos hacer cuando nos ponemos de acuerdo.

Los héroes venían en camino, algunos usarían bata de médico, otros uniforme camuflado, otros gorras de rappi, otros saldrían a aplaudir, corear himnos o cantar alabanzas a Dios desde sus balcones. El virus venía, los héroes también.

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