Le quité el seguro a mi arma. El hombre continuó acercándose.

Yo custodiaba los  bajos de la Estación San Antonio del Metro. Servir como policía a las dos de la mañana en el centro de Medellín era algo complejo. La oscuridad saca a la luz las peores facetas del ser humano. Aquel hombre continuó acercándose…

-¿Qué pasa?- Le grité con la mano aún sobre mi arma. Entonces, al tenerlo más cerca pude ver que era un habitante de calle y me despreocupé. Era un hombre alto, en sus 40, con el cabello y la barba en un solo enredajo, su rostro reflejaba la escasez de las calles y las muchas horas de sol. Camisa manga larga y  pantalón ancho. Ambos manchados de tierra, el color del abandono. Se acercó un poco más a mí y me dijo:

– ¿Una moneda por un monólogo?-

“Qué forma de rebuscarse la vida”  -Pensé-. Un pobre hombre atrapado en el vicio y las calles ofreciéndome arte a las dos de la mañana en pleno centro de la ciudad. ¿Con qué irá a salir? Me pregunté. La curiosidad sacó  una moneda de mi bolsillo. El hombre descargó el costal que llevaba al hombro, se ubicó bajo un faro que mal iluminaba el lugar y, creyéndose en un gran teatro, comenzó así su presentación:

­-¿Que cómo fue señora?

Como son las cosas cuando son del alma

Ella era muy linda, y yo la quería, y ella me adoraba.

Pero él hecho sombra, se me interponía-

Sus palabras me atraparon al instante. Aquel hombre no estaba declamando, no recitaba sus palabras… las vivía.  Había verdad en su mirada, en sus movimientos, en su acto. Era otro hombre, un hombre enamorado que me dejó ver partes de su alma, y sentí sus celos, y sentí su rabia por quien se interponía entre él y su amada. Me transportó a una noche lluviosa, junto a una cañada, donde esperó al intruso, y ardiendo de celos, dio un trágico fin a su loca esperanza. Entonces terminó con esta estrofa:

Y aun en el suelo me dijo:

-Quiérela que es buena, quiérala que es santa,

Quiérela, como yo la he querido,

Que aunque muera, la llevo metida en el alma…

Su talento cerró mi boca.  Tanto que, años después, impactado por lo que puede hacer un instante de actuación sincera, un pequeño destello de arte verdadero, Yo mismo escogí el camino del arte. Ya no soy Policía, he actuado y  he escrito varias obras de teatro, unas mejores que otras. Pero en todas ellas he buscado algo que vi aquella noche en los ojos de aquel hombre del pelo y la barba en un solo enredajo. He buscado tocar el corazón de mi público. Quisiera creer que  en algunas ocasiones lo he logrado.

Al pensar en aquella noche en que el teatro tocó a mi puerta y estuve en primera fila de tan singular escenario, confirmo que Dios, la fuente eterna de todo arte y belleza, tiene un plan; un plan majestuoso con cada uno de nosotros; contigo querido(a) lector(a) y conmigo, con todos. Y él usa personas y situaciones inesperadas para encender luces dentro de nosotros, luces que nos ayudarán  a ser la mejor versión de nosotros mismos. Confío en que haya personas que se acerquen a ti para encender una luz en tu interior, una luz que luego tú mismo harás brillar, y brillarás con ella, y ella contigo.

Es más, quizá tú mismo puedas ser ese encendedor de luces.